jueves, 18 de enero de 2007
Injusticias
Zana (es un nombre falso) tiene catorce años, es negra y llegó a España en el verano de 2002 enferma de hepatitis crónica, trombocitosis y anemia. Procedía de los campamentos saharauis de Tinduf y venía junto con otros niños de salud precaria a pasar dos meses aquí, dentro de un plan de apoyo. Zana fue acogida por un matrimonio de Cartagena, que empezó a advertir que algo no casaba. Al final se comprobó que la niña traía papeles falsos; que no era saharaui, sino mauritana, y que su madre biológica la había entregado de pequeña a una familia de los campamentos. Un informe de SOS Esclavos, que investigó el caso, dice que es probable que Zana sea esclava de esa familia saharaui: la esclavitud es habitual en Mauritania, como ha demostrado Amnistía Internacional, y ser negro empeora tu situación. Los padres de acogida llevaron el asunto a los tribunales, y en septiembre de 2005 una sentencia firme (la única que hay) les dio la custodia de la niña mientras siga en tratamiento médico, recomendando que se investigara la posible existencia de condiciones de esclavitud en su lugar de origen.

Pese a todo esto, un juez de Murcia lleva seis meses empeñado en devolver a Zana a su madre biológica y, para ello, ha ordenado que ingresen a la pequeña en un Centro de Menores. Si esa orden se cumple, será una tragedia. Porque la chica acabará otra vez en los campamentos, enferma como está y desesperada. Lo más injusto es que hasta ahora nadie ha querido escuchar la opinión de la niña. "Cuando yo era pequeña, mi madre me abandonó con otra familia para que me tratara mal (...) Ahora lo que hará conmigo es devolverme con mis dueños. Ser esclava de esa familia fue muy duro (...) Prefiero morirme en España antes de que me lleven al Sáhara", dice Zana en una carta espeluznante. ¿Es que no hay nadie capaz de parar este horror, este disparate? (Obviamente, esto no implica ninguna condena al pueblo saharahui: a ver si encima de su penoso exilio vamos a exigirles que sean todos ellos, sin excepción, gente maravillosa, cosa que no se espera de ningún colectivo. Y algo más: los campamentos llevan sin recibir alimentos desde octubre y están al borde de una catástrofe humanitaria. He aquí otro horror que hay que parar).

ROSA MONTERO
El País, 16/01/2007

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