jueves, 28 de enero de 2010
Especie de abuela



La vida tiene cosas muy extrañas, y las vidas nuevas, más. Ginkie es la mujer filipina que trabaja para mí en Beirut. Es más que una criada. Me ha acompañado al hospital cuando ha sido necesario, nos hemos reído juntas –habla un inglés mucho mejor que el mío y tiene una letra preciosa– y me ha comprendido cuando me ha visto llorando porque compañeros míos de siempre y en plenas facultades han tenido que prejubilarse. Lleva mi propio envejecimiento con tierna preocupación y se alegra cada vez que supero un escollo. Es humana.

Yo, antes –antes de lo que les estoy contando– tenía la costumbre de despedirla los viernes de esta guisa: “Be happy and don’t get pregnant!”. Añadía que yo tampoco me quedaría embarazada ese fin de semana. Era una broma, pero ella se lo tomaba en serio. Al menos su parte, como averigüé hace poco.

Últimamente la había visto engordar, pero, discreta, no le decía nada. Es bajita y de constitución robusta, pero muy atractiva, con su esplendorosa sonrisa y su melena negra y lisa, espesa, que le llega hasta la cintura. Tenía que haber adivinado que había un hombre fijo. Pero, como norma, no me meto nunca en los asuntos privados de quien trabaja para mí, salvo que me lo pida. Ginkie no es que me lo pidiera. Lo suyo fue clamoroso. Un cante, vamos.

Hace un par de meses le abrí la puerta –tiene llave, pero esa mañana se le atascó–, y lo primero que vi fue una enorme barriga cubierta por una camiseta como la de Obélix. “¡Coño, Ginkie! ¡Estás embarazada!”. Menos mal que mi primer impulso fue abrazarla y darle la enhorabuena en árabe: “Mabruk!”, que es una palabra que me encanta porque me recuerda aquella peli antigua, Un taxi para Tobruk, que transcurría en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial. Es lo bueno de ser mayor, te entretienes mucho con las asociaciones.

Ginkie me confesó que había esperado a decírmelo porque tenía miedo de que no me gustara la noticia. Me eché a reír, mira que eres tonta, etcétera. Lo más desconcertante fue otra parte de su confesión: que ella misma había comprendido que estaba encinta a los cuatro o cinco meses –de hecho, se hallaba más adelantada, como se confirmó cuando rompió aguas–, porque hasta ese momento creía que ella era estéril, y “su marido”, también.

Un momento. ¿Marido? “Sí, es musulmán, un trabajador egipcio. Hace cinco años que vivimos juntos, nos ha casado el sheik [autoridad religiosa], aunque el matrimonio no es válido oficialmente”. Se me encogió el estómago. ¿Es bueno contigo? “Muy bueno, muy bueno. Y para una mujer como yo resulta difícil vivir sola”. Tiene razón. Cuántas filipinas no son víctimas de un chulo libanés que las obliga a prostituirse. En el servicio doméstico no son las peor paradas –hay un gran reportaje a hacer sobre la práctica esclavitud de las inmigrantes en Líbano; pero como no se trata de atentados ni de escabechinas guerreras, a nadie le importa–, porque son las que llegaron antes y han espabilado, a causa de muchos sufrimientos. Buscan y prefieren europeos para trabajar. Aunque hay excepciones –es increíble lo fácilmente que se adaptan muchos a la perversidad local–, en general somos justos con ellas.

Ginkie, fuerte como un toro, trabajó en mi casa, con la ayuda de su sobrina Joy, un suspirillo de chica, hasta que un mediodía se sentó en la cocina y dijo: “Uf, creo que estoy cansada”. Parió día y medio después.

Es una niña y se llama Yara. Le pregunté a Ginkie por el significado del nombre y manifestó ignorarlo, pero una amiga de Facebook me ha informado de que quiere decir “la señora” y es de origen tupí.

Ahora mismo, Yara duerme como una señora en mi cama. Su madre la ha colocado en el centro, rodeada de cojines, y entretanto trabaja como siempre aunque a ritmo lento. Está muy feliz. A mí, esa diminuta presencia de ojos achinados y rostro sonriente como el de su madre –los dedos de manos y pies, alargados; será alta como su padre, dice ella– me produce una extraordinaria placidez. Parece como si irradiara paz desde su dormitorio. No sabe nada, no conoce nada. Se limita a sentir. Es ajena a la maldad de este mundo, también a su bondad. Si tengo algo de tiempo por delante y este país no se tuerce demasiado, la veré crecer.

Maruja Torres
ElPais.com




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