jueves, 15 de marzo de 2007
Nuestra visita al orfanato Sun and Moon




Hoy por fin me he decidido. Después de muchos meses de pensarlo y de dudar una y otra vez he conseguido abrir mi cuaderno de apuntes que me llevé a Filipinas. Recuerdo perfectamente el día en que me puse a escribir las impresiones que me causaron aquella visitan. Me recuerdo perfectamente sentado en una cómoda butaca de Manila, pluma en mano y bañado en lágrimas. Cristales líquidos producidos por recordar todos los sentimientos que se agolparon en aquellas escasas dos o tres horas que estuvimos en Sun & Moon. Recuerdo perfectamente que tuve que parar de escribir más de una vez porque no podía hacerlo, porque mi corazón podía más que mi cabeza.

Teníamos claro que nuestro viaje a Filipinas tenía que ser intenso de experiencias y de sensaciones. No podíamos permitirnos el lujo de dejarnos llevar por el cansancio del viaje, así que programamos para el mismo día de nuestra llegada a Manila una visita al orfanato Sun & Moon.

Nuestra cita era a las cinco de la tarde y estábamos metidos en un atasco monumental. Nos pusimos nerviosos y llamamos al centro para comentar nuestro retraso.

-No paasa nada...-, fueron las palabras que escuchamos. En poco tiempo nos daríamos cuenta que Filipinas vive a otro ritmo. Todo transcurre lenta y silenciosamente. Sin sobresaltos, sin prisas, sin agobios.

Después de una y mil vueltas, atascos, paradas de nuestro chófer para localizar la dirección (las calles apenas tienen nombres y ninguna casa tiene número), parecía que íbamos en buena dirección. Enfilamos una amplia avenida, triste, miserable y pobre, como la mayoría de calles que rodean a Manila, cuando en un momento dado nuestro conductor giró el coche a la derecha. Ante nosotros apareció una calle más estrecha que la anterior pero limpia, curiosamente sin gente, sin coches, sin circulación y con árboles centenarios que inspiraban tranquilidad. Otro pequeño paraíso, otra pequeña cárcel, como Makati, dentro de la pobreza general de Manila.

A mitad de la calle, divisamos una solitaria barrera que impedía nuestro paso. De una de las casas apareció corriendo un guarda uniformado que nos miró inquisitivamente y nos preguntó donde íbamos. Después de contestar con cierta sorpresa por nuestra parte y por la suya, levantó la barrera y nos dejó pasar. ¿Calles públicas con barreras? Días más tarde comprobaríamos lo normal que resulta este proceder en Manila. Cada barrio, cada urbanización, cada centro comercial, cada restaurante y cada espacio "lujoso" de la ciudad tenía controles similares en cada calle de acceso y guardas uniformados y protegidos hasta los dientes con armas de todo tamaño. Es la única forma que conocen de "protegerse" ante la pobreza y ante la escasa presencia policial en las calles.

No era un barrio de "superlujo". Las casa bajas de vecinos, la vegetación y las aceras mal cuidadas, además de la presencia de demasiados cubos de basura por las calles, nos indicaban que estábamos en un barrio residencial intermedio entre el lujoso Makati y la pobreza general de Manila.

Después de doblar varias calles llegamos a la entrada del orfanato. Una gran verja gris y un muro altísimo aislaban el Centro del exterior e impedía totalmente ver lo que ocurría dentro. Eran las cinco y media. Estábamos nerviosos, emocionados y terriblemente cansados. Una y mil veces habíamos soñado en España con este momento. Nuestra primera visita a un orfanato, nuestra primera visita a un centro, que seguramente será muy parecido al orfanato en que viva nuestro hijo. Nos mirábamos constantemente, sonrientes, excitados. Al final todo fue mucho más sencillo de lo que parecía. La naturaleza humana, libre de condicionantes, hace las cosas mucho más sencillas de lo que nos creemos.

Acababa de llover y el suelo estaba mojado. Bajamos del coche y salimos a la calle, no se veía nadie. De nuevo una bofetada de calor y humedad nos sacudió todo el cuerpo. Los cambios bruscos del aire acondicionado, existentes en todos los locales cerrados incluidos los coche, contrastan con el denso calor exterior y habitual de Manila. En 5 segundos la humedad recorre todo tu cuerpo y las ganas de ducharse 3-4 veces al día se repetirán día tras día. La humedad y el sudor se pegan al cuerpo y la sensación de suciedad es constante. Una ducha alivia esta situación, pero sólo durante un corto espacio de tiempo.




Nos acercamos temerosos a la verja y tocamos el timbre. A la derecha del acceso, un gran cartel de azulejos nos describe donde estamos. Un gran sol y una luna azules transmiten alegría y serenidad. Nos volvemos a mirar y sonreir; Isabel me coge la mano en un intento de tranquilizarme. De repente un crujido de la verja nos anuncia que todo está a punto de empezar. Una sonrisa cálida y acogedora asomó por la puerta. Nos invita a pasar, la seguimos. La verja se cierra detrás de nosotros. Atrás queda el coche, la calle y Manila, dentro nos espera un mundo que nos devolvió la alegría, la paz y la esperanza de ser padres algún día.




Desde la misma puerta se podían ver todas las instalaciones del Centro. Un amplio jardín tropical, con una falsa apariencia de descuido, como suele ser habitual en Filipinas, ocupaba todo el perímetro del recinto. La zona central lo ocupaba un jardín de hierba finamente cortada donde había todo tipo de juegos para niños. Al fondo un edificio de dos pisos, con apariencia de "chalet" que era sin duda alguna el lugar donde vivían los niños y por último a la derecha una larga galería acristalada, de una única planta, que estaba ocupada, sin duda, por las oficinas del Centro.

Nos acompañaron hasta la puerta del edificio que debía ser la "casa de los niños". Nos dijeron que esperáramos allí, que en un momento venía la directora. Mientras esperábamos nos centramos en unos columpios que estaban en un extremo del jardín. En ellos había tres "príncipes asiáticos" de unos 2-3 años que nos miraban hipnotizados. Cuando entramos se columpiaban alegremente. No les perdí de vista ni un instante. Desde que nos vieron cesaron sus movimientos y nos miraban con curiosidad, serios y con cara de asombro. Sus pupilas se dilataron nada más vernos. Así permanecieron todo el rato. Parados, quietos ¿Qué pasaría por sus cabecitas?... ¿Sorpresa? ¿Emoción? ¿Qué gente tan rara? ¿Nuestros papás? Uno de ellos, Moisés, de tres años y uno de los mayores del Centro, lo conocería más tarde.

Mi mujer y yo nos miramos y telepáticamente pensamos ¿Será así el nuestro? ¿Dónde estará? Desde la lejanía, no paramos de sonreirles y de hacerles tonterías para llamar su atención, pero no había forma, no reaccionaban, parecían estatuas de piedra. Era demasiado pronto, pero me hubiese encantado acercarme a ellos y jugar toda la tarde a su lado. Se les veía que estaban muy bien educados, limpios y llenos de alegría ¿Qué más se puede pedir?

Fueron las tres primeras caras, los seis primeros ojos, los tres primeros "enanitos" filipinos que vi, y que ya nunca olvidaré. Desde Madrid venía con miedo, ¿Cómo serían? ¿Estarían sucios, tristes y mal cuidados?, estereotipo típico que tenemos en occidente de un orfanato del Tercer Mundo. Siempre pensaba que iba a ser una experiencia dura y quizá frustrante. Inmediatamente comprendí lo equivocado que estaba. Aquel sitio respiraba amor, ternura, compromiso y sobre todo mucha solidaridad.

Sin darnos tiempo a pensar demasiado, del edificio de oficinas se fue acercando hacia nosotros una mujer. En lo primero que me fijé de ella fue en su boca, una amplia, noble y acogedora sonrisa que nos llamaba a la tranquilidad y nos daba la bienvenida. Lita es una mujer de unos 40 años, de origen inequívocamente español, de pelo largo y liso sin arreglar y algo "dejada" en su vestir. Todos esos detalles no hacían sino denotar que sus preocupaciones están al lado de los niños más necesitados de Filipinas, y muy alejada de las fiestas, de los clubs y del snobismo occidental que por su condición, estaría inequívoca e irremediablemente condenada a cumplir. Lita es una mujer sincera, tranquila, callada, tremendamente paciente y con el don de hacer que aquel momento de tensión para nosotros, como fue el entrar en ese "nuevo mundo", se convirtiera en el más feliz de los paseos.

Lita empezó a hablarnos del orfanato. Sun & Moon (ONG) se inauguró en 1989 con fondos totalmente privados. Tiene capacidad para 15 niños pero en ese momento tenía 17 y en ocasiones llega a 20 niños. Es su límite máximo, ya que el centro no es excesivamente grande. Suelen tener niños recién nacidos o muy pequeños que permanecen allí hasta que son adoptados. Como mucho permanecen tres o cuatro años, depende de la edad con que les lleguen. Actualmente tenía muchas más niñas que niños, aunque nos confiesa que lo habitual es que sea al revés. Los niños se los suelen entregar sacerdotes de iglesias cercanas, donde son abandonados en los bancos o a la entrada de la iglesia y ocasionalmente en clínicas cercanas donde las madres, tras dar a luz, no pueden hacerse cargo de los pequeños. Muchas de las madres apenas tienes 14 años.




Poco a poco y mientrás hablábamos nos dirigimos a la puerta de entrada de la "casa de los niños". Antes de entrar volví mi mirada hacia atrás. Los niños habían vuelto a jugar. Sin lugar a dudas, la presencia de Lita obró milagros en ellos y les infundió de nuevo esa paz, alegría y tranquilidad que se respira en todo el centro.




Tras cruzar la puerta, accedemos a una sala muy amplia que hace las veces distribuidor de estancias, de comedor y de improvisada sala de juegos cuando llueve en el exterior. Al fondo la cocina, que en ese momento la ocupaba un cocinero preparando la cena. Todo está limpio y ordenado. Unos ventiladores en el techo hacen que la temperatura sea un poco más agradable en el interior que en el exterior. A la izquierda una pequeña habitación, llena de juguetes, con un sofá al fondo y sí, una cuna en el centro. La habitación está cerrada. Lo vemos todo a través de un cristal.

- ¿Hay un niño ahí?- la preguntamos. Sí, responde Lita, es la habitación de los "padres", pero ahora mismo y como tenemos el orfanato lleno hace las veces de sala de aislamiento.

- ¿Sala de aislamiento?

- Sí, cuando nos llega un niño nuevo y parece que tiene alguna enfermedad lo aislamos del resto. El bebé que descansa en la cuna no creo que llegue a los seis o siete meses. Está enfermo desde hace dos días. Todo hace indicar que tiene malaria o tuberculosis.... quien sabe. Todavía es pronto, le están haciendo pruebas. A veces ocurre, a veces se van de nuestras manos, tan rápido como llegaron... A veces llegan tan enfermos que no se puede hacer nada por ellos. Desde que se fundó el orfanato ha pasado cuatro veces. Cuatro días horribles en que nos dejaron para siempre.

Lita nos mostraría de lejos y con cierta aprensión, la "cueva". Allí están algunos de sus cuerpecitos, esperando que el Gobierno se haga cargo de ellos. Es curioso, desde nuestra mentalidad occidental, en la que apenas hay mortandad infantil, pensamos que todo es así en todas partes, pero no es cierto. La vida está íntimamente ligada a la muerte. Incluso entre los más débiles de la sociedad, los niños. Fue un choque brutal. Todavía me duele.

La sala de los "padres" se utiliza normalmente para un fin mucho más bonito. Cuando alguna familia viene a buscar a su hijo, pasa a solas con el niño tres días en esa habitación. Conociéndose, jugando y compartiendo los primeros momentos con su hijo en soledad. Durante estos días el niño sigue durmiendo en el orfanato. De esta forma se evita el posible e inicial rechazo por parte del niño de sus futuros padres adoptivos. Igualmente Lita tiene tiempo para observar el tipo de padres que se llevará a sus "niños". Cuando dejan el orfanato, los hijos de "Sun & Moon" lo hacen felices y contentos. El primer paso de unión con sus padres ya lo han realizado. En otros sitios no es así. El desenlace es más rápido y a veces más traumático para el niño.




Una estrecha escalera nos conduce a la planta superior. Por los sonidos que escuchamos adivinamos que allí deben de estar los niños que todavía no hemos visto. Un pequeño distribuidor da paso a otro cuarto de aislamiento, el dormitorio y la sala de juegos.




Nos dirigimos a la sala de juegos. No puedo describir la emoción que sentí al verlos. Allí estaban. Doce o catorce cabecitas que nos miraban con miedo. Al igual que en el jardín, sus movimientos se interrumpieron. La sala es amplia. En la mitad derecha 9 cunas con otros tantos niños en cada una de ellas. Son todos muy muy pequeños. Dudo que ninguno de ellos tuviera más de 5 meses. El resto, los que pueden gatear, estaban en el suelo jugando. En ese momento llegaron los tres que faltaban, los más mayores, los que estaban jugando en los columpios. Son Moisés, Angelina y otra niña más que no recuerdo su nombre. El mayor es Moisés, tiene tres años y como el resto se le ve feliz y muy estimulado.




A la derecha de la sala de juegos una amplia cama está ocupada por una niña mucho más mayor que el resto. Está tumbada. Apenas se mueve. Su mirada se pierde entre los árboles o en el cielo azul que se vislumbra por la ventana. Tiene unos ojos negros preciosos. Todo da igual. Ella nunca abandonará ya el centro. Llegó recién nacida. Cuando apenas tenía 6 meses le dió un derrame cerebral y se quedó así, quieta, como un semi vegetal. Tardaron en hacerles caso en el hospital seis largas y penosas horas. Quizá esa fue la causa... o quizá no, quien sabe... De eso hace ya nueve años. Ya nadie la quiere adoptar. Y allí seguirá rodeada de calor hasta que su vida llegue a su fin. Todos los niños la adoran. Constantemente la abrazan, la hablan y la estimulan. Ella responde a veces con sonrisas, otras permanece inmóvil. Puede oír pero no habla. Poco más.




Todo esto lo veíamos desde la puerta. Poco a poco entramos con miedo en la sala. Despacio, felices, y entonces ocurrió. La cara de los niños se transformó. De un susto o desconfianza inicial se pasó a un lloro generalizado. Todos se pusieron a llorar. Yo no sabía que hacer. Me puse nervioso. Las cuidadoras al igual que Lita, se echaron a reír. Fueron consolando uno a uno. En el centro, sentada, Angelina lloraba desconsolada. Yo reculé hasta donde estaba mi mujer sin saber que hacer. Isabel pidió permiso a Lita y sin que pasara ni un segundo, se abalanzó decidida hacia Angelina. La cogió entre sus brazos y por arte de magia sus lloros cesaron.


Angelina e Isabel


- "Hazme una foto, por favor, hazme una foto". Me dijo mi mujer.

Ahora era Isabel la que lloraba sin parar y yo a duras penas podía contener las lágrimas. Allí estaba ella, con una niña preciosa entre sus brazos. No era nuestra, pero sabíamos que nuestro encuentro, que espero que llegue pronto, será algo muy parecido a todo esto.


Angelina


Angelina se agarró a mi mujer como una lapa. No se separó de ella ni un segundo, y así permaneció hasta que nos fuimos. Se ríe con Isabel una y mil veces. ¡Es tan fácil hacerles felices!, con poco de cariño es suficiente. Mi mujer estaba radiante de felicidad, se emociona.

Angelina llegó recién nacida al orfanato. Según Lita era la niña más fea que había visto en su vida. Quien lo diría ahora, ¿verdad? Procedía del interior de Luzón, de una tribu primitiva. ¿Cómo llegó a Manila?... quien sabe. Lo que sé, es que sus enormes ojos negros y el cariño que demostró por mi mujer me hicieron emocionarme una y mil veces mientras las miraba de reojo.


Moisés y una amiga


Mientras jugábamos con ellos, Lita nos iba contando... Según las leyes filipinas, para que un niño sea adoptado, desde el momento en que es abandonado, tienen que pasar seis meses. Algunos padres biológicos, en ese período de tiempo los reclaman de vuelta, pero son pocos, muy pocos. Las adopciones locales son muy muy escasas. Los posibles padres biológicos filipinos suelen ser muy exigentes. Quieren niños mestizos o con rasgos occidentales. El 90% de las adopciones son de carácter internacional. Sun & Moon cuenta con seis o siete personas fijas más algún voluntario, por lo que los niños están perfectamente atendidos. Son gente amable, simpática y servicial, como todos los filipinos con los que me he relacionado hasta ahora.


Cuidadora y sus "niños"


Me llaman al móvil y contesto. Es mi padre desde España. Después de comentarle todo lo ocurrido, me pregunta con miedo y disimulando su deseo inconfesable de ser abuelo de una santa vez, si podremos venirnos de vuelta a España con algún niño. Tardo en contestar y con lágrimas en los ojos le contesto que no, las cosas no funcionan así. Él y yo sabemos perfectamente que si pudiera me llevaría todos los que estaba viendo en ese momento. Qué duros son estos momentos... qué duros.


Moisés


Mientras tanto Moisés se había fijado en mí. No me quitaba ojo. Más bien no quitaba ojo a mi cámara de fotos. Se la acerco, y le pregunto en inglés: ¿Quieres hacer una foto?

- "En español"-, me dice Lita -"háblale en español, así se va acostumbrando a escuchar otros idiomas"-


Sala de juegos (Foto de Moisés)


Me pareció curiosa su respuesta. Así que le enseñé la cámara y le expliqué como hacer fotos. Loco de emoción se puso a hacer fotografías a todos y cada uno de sus amiguitos. Luego con orgullo les iba enseñando las fotos en el visor. Estaba excitadísimo, y yo estaba encantado de haberle hecho feliz aunque fuera por unos minutos. Cuando se cansó me cogió del dedo índice y me fue enseñando todo.

-"Éste es... , ese es ...", me decía en un incipiente inglés.


Amiguito de Moisés


Después de haberme presentado a todos los niños y de haberme enseñado todos los juguetes de la habitación, me sacó fuera de la sala. Atravesamos el pasillo y me llevó al dormitorio. Era como el cuarto de juegos, pero lleno de cunas.

- "Ésta es mi cama", me dijo con orgullo. En aquel momento me sentí "padre". A pesar de que mil veces he jugado con niños pequeños, siempre me pregunté si sabría ser un padre para algún niño. En aquel preciso momento comprendí que sí, podría serlo y estaba totalmente preparado.


Amiguita de Moisés


Fue entonces cuando ocurrió algo que nunca olvidaré en mi vida. Algo que me hizo comprender el verdadero significado de la palabra adopción. Salimos de nuevo al pasillo y Moisés me llevó hasta una pared donde había un corcho colgado en la pared. Tardé en comprenderle, pero después de levantar insistentemente sus dos manitas comprendí que quería que le cogiera. No cabía en mí de gozo, la verdad. Pesaba mucho, pero al final conseguí acomodarle entre mis brazos. No paraba de mirarle y de darle besos. De repente levantó uno de sus deditos y señalando una de las muchas fotos que había en el tablero de la pared me dijo con orgullo y alegría:

- "Papi y Mami"... y una sonrisa invadió de lado a lado su carita. ¡Sólo tiene 3 años!

Me quedé parado, bloqueado, no sabía que hacer, no lo esperaba. Siempre pensamos que los primeros momentos son duros y difíciles, siempre nos queda la duda de si el niño nos recibirá bien y luego son ellos los que nos dan constantes muestras de madurez. El adoptar una familia no es problema para ellos. Son vírgenes de prejuicios y están deseosos de amor. Somos nosotros, sus padres, los que llegamos con toda la carga de experiencias y saberes acumulados, que en estos momentos no sirven absolutamente para nada.

Ante mi cara de desconcierto Lita se acercó para explicarme que a los niños un poco mayores se les explica todo. Cuando van a venir sus padres a buscarlos se lo dicen, les enseñan sus fotos y los niños lo asumen con naturalidad. Me comentaba que por muy pequeños que fueran, la noche antes de conocer a sus padres adoptivos están inquietos y no consiguen dormir nada. Moisés es un niño muy despierto y antes de ser asignado preguntaba insistentemente a Lita por qué se iban sus amiguitos y él no. Él también quería irse con unos "papás". Al final le tocó su turno.

Cuando escribo todo esto (nuestro viaje fue en noviembre del 2006), Moisés ya se habrá reunido con sus padres. Por la foto que me enseñó se observa que son jóvenes, llenos de vitalidad y además tienen una casa enorme. Moisés estará feliz y contento con su nueva familia en Canadá. Soy inmensamente feliz al pensar la suerte que tienen esos padres por tener por hijo a un niño tan dulce, despierto, sensible y travieso como era Moisés.


Sala de baño


Así pasamos un par de horas. Riendo, jugando y conociendo un poco más el proceso de adopción en Filipinas. También vimos la otra sala de aislamiento, donde otro niño que acababa de llegar ese mismo día, lloraba desconsolado a pesar de que una cuidadora trataba de consolarlo. Así pasan sus primeros días en Sun & Moon. También vimos el baño de los niños. Amplio, espacioso y totalmente equipado para cambiarlos y bañarlos con comodidad. Al final bajamos al comedor y Lita nos invitó a unas pastas y un refresco. Allí nos animó una y mil veces. Allí con su cálida sonrisa nos quitó todos nuestros miedos y disipó todos nuestras angustias.

Se hizo de noche y teníamos que irnos. Nos despedimos rápidamente de los niños. No quería pasarlo mal. Ellos seguían con sus risas y sus juegos. Nunca olvidaré sus sonrisas. Amo a esos niños.


Isabel, Lita y yo mismo (Enrique)


Lita nos acompañó hasta la verja. Se despidió deprisa y cerró la verja despacio. Yo me quedé parado un segundo en la calle, fuera de ese mundo maravilloso que no quería abandonar. El chófer nos abrió la puerta del coche. El aire acondicionado nos envolvió e intentó banamente que me olvidara de donde había estado, pero no lo consiguió. Nuestro mundo volvió a cambiar nuevamente de 0 a 100 en cuestión de segundos. Mi mujer me volvió a coger la mano. El coche arrancó y yo miré por la ventanilla. Me despedí de ese refugio de paz y amor que nunca olvidaré por mucho aire acondicionado y muchas comodidades que reciba. Nunca les olvidaré.

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Enrique Campoamor a las 9:17 a. m. | Permalink |


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