sábado, 5 de mayo de 2007
Adopciones diferentes: el largo camino a casa (Argentina)


Julio Witschi y Beatriz Ibarra,con sus dos amores: Blanca y Juli


Adoptar chicos grandes, enfermos o grupos de hermanos es un gesto de amor valiente. Aquí, historias de familias que están de estreno

El día en que la adoptaron, María tenía un vestido rojo con margaritas tan blancas como sus sandalias y un montón de collares y pulseritas porque desde siempre fue coqueta. Eugenia y Ailén, en su primera mañana en la que ahora es su casa, se pasaron a la cama de papi y mami, como lo habían visto en la tele. La nueva vida de Inés comenzó al entrar en esa habitación rosada con una guarda que tiene calcos de Winnie the Pooh. Se tiró en la cama y rió.

Cuando Blanca y Juli pasaron su primera noche en la casa de Garín, los que no pudieron dormir fueron sus papás: en el hogar donde habían vivido los chicos, les advirtieron que el nene tenía pesadillas. Lo cierto es que esa noche y todas las noches que siguieron, Juli durmió –y duerme– como un lirón.

María Celeste se puso nerviosa cuando le dijeron que la venían a buscar. Su mamá la recuerda parada detrás de la puerta, desgarbada, con unas chancletitas y los ojos llenos de expectativas. Momentos que no son cualquier momento. Son días, horas, instantes de cambios profundos para cada uno de estos chicos. Son hijos adoptivos. Chicos que, ahora saben, fueron tan deseados como para que sus papás hicieran lo imposible hasta encontrarlos. Había una parte del corazón vacía y sólo ellos podían llenarla. Pero además, María, Inés, Eugenia, Ailén, Juli y Blanca fueron adoptados cuando ya tenían 6, 7, 8 años o más. Algunos no estaban del todo sanos; otros son hermanos. Y todos cargan con una historia detrás que ellos conocen y que sus papás adoptivos no esquivan ni ocultan.

El camino de la adopción, y en particular de chicos que no son bebés, puede no ser fácil y, a veces, también es ingrato. Porque para unir esas vidas tienen que coincidir las voluntades de muchos intermediarios: jueces, abogados, asistentes sociales, psicólogos, instituciones que, a pesar de los intentos, no logran funcionar aceitadamente. Y, se sabe, el tiempo de espera desespera. Pueden pasar meses o años, que no sólo son exasperantes para quienes desean adoptar, sino –y sobre todo– para esos pibes que crecen dentro de las impersonales paredes de institutos de menores u hogares donde la infancia corre en tono gris, sin otro sueño que el de tener un papá y una mamá.

A la hora de adoptar, muchos adultos ponen condiciones: que sea un solo chico, que esté sano, que no tenga relación con su familia biológica y que, como mucho, tenga 5 años. Demasiadas exigencias que se chocan con la realidad: hay pocos bebés que cumplen esos requisitos. Además, como la ley exige que para ser dado en adopción el niño debe pasar un año en estado de abandono, con sólo una vez al año que lo visite su familia biológica no estará en ninguna lista. En cambio, hay muchos chicos, más grandecitos, que terminan creciendo en instituciones.


EL TIEMPO DE LA ESPERA


Según la Dirección Nacional del Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA) –que depende del Ministerio de Justicia de la Nación– hay registrados 618 matrimonios y 121 personas solas que quieren adoptar bebés hasta los 2 años. Y tan sólo 9 parejas y 16 aspirantes solos, que aceptan chicos de entre los 8 y 10 años. Cifras que no son definitivas.
Por otro lado, el Registro de Adoptantes de la Ciudad de Buenos Aires tiene, sin detallar la edad de los chicos, unos 1.300 postulantes, entre matrimonios y personas solas. Pero el año pasado, hubo sólo 80 pedidos de los juzgados porteños para dar en guarda a otros tantos menores. La desproporción es muy alta y habla del tiempo de espera que pasan los chicos en instituciones.

Según María Elena Naddeo, a cargo del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad, "la mayoría de los postulantes espera niños de corta edad. Básicamente por el temor de que las huellas que dejaron el abandono o situaciones de violencia les impidan a los chicos la integración a una convivencia familiar, o del vínculo amoroso. Y esto es muy entendible".

De todas maneras, "los chicos más grandes se recuperan muy bien. Porque lo único que necesitan es afecto, acompañamiento y contención para sanar las heridas". Algo que requiere de mucho compromiso, que no siempre existe, por parte de los padres adoptivos: "Hubo chicos que fueron devueltos por los adoptantes. Esto es algo muy victimizante para los menores. Por eso,
hay que ser muy cauteloso en la elección de la familia".

De todas maneras, hay organizaciones que aportan a que unos y otros puedan encontrarse. En la Fundación Prohijar, por caso, se creó hace 8 años el Programa de Familias Especiales, por el cual unos 200 chicos pudieron encontrar un papá y una mamá. La idea es que los adoptantes no sólo busquen bebés. "Con sólo conocer las experiencias, muchas familias dejarían de buscar sólo bebés o de tenerles miedo a los grupos de hermanitos o a que los chicos tengan cierto lazo con la familia de origen", dice Sandra Juárez, directora de Prohijar. Y si bien por este programa muchas personas pudieron adoptar en plazos más cortos que los habituales, la decisión está supeditada a la Justicia. "Hay veces en que un matrimonio es convocado apenas termina su evaluación. Y otros, que esperan desde hace tiempo, no son elegidos en esa oportunidad", explica.

Así le sucedió a María Inés Lago cuando, a sus 46 años, decidió adoptar sola. "Siempre tuve esa idea, tuviera mis hijos biológicos o no." Inesita, su nena de 8 años, llegó al departamento de Villa Urquiza hace dos. La esperaba una habitación rosada con dibujitos de Winnie the Pooh. Y una mamá capaz de aventar cualquier miedo. "Creo que tengo los temores de cualquier papá o mamá: qué pasaría con ella si a mí me pasara algo, si la podré mantener, si crecerá feliz", dice María Inés.
Se trata de ir amoldándose en el día a día, que en ningún caso es idílico ni fácil. Al fin y al cabo, unos y otros apenas se conocen. Hay horarios distintos, costumbres nuevas, terrenos que ceder, conductas que explorar y mucha paciencia para responder en situaciones esperables: malas contestaciones, ciertos desplantes, ataques de rabia. Porque si los grandes tienen temores, los chicos tienen terrores: el fantasma de sufrir un nuevo abandono los acompaña. "La nena necesitaba que yo le dijera que de acá no la iba a sacar nadie, que íbamos a estar siempre juntas", cuenta María Inés de aquellos primeros días. Eso fue dando seguridades, y ahora las preguntas son otras: "Mami, ¿por qué no estuve adentro de tu panza?" o "¿En qué me parezco a vos?". Juntas, además, escriben el "cuadernito de los recuerdos" que iniciaron el primer día de adopción: hay fotos, dibujos, qué cosas hizo la nena por primera vez... Para la pequeña Inés, así empieza su historia.


ESOS CHICOS, ESOS MIEDOS


Las ganas de ser mamá, para Ana, se instalaron a los 33. Y decidió que iba a adoptar a alguien que la necesitara mucho. Había conocido el dolor de perder a su marido por sida y cuando se presentó en el Consejo del Menor y la Familia expresó su deseo: quien más la necesitara. Tras cuatro meses de espera llegó María, una nena de 6 años, VIH positiva. Enseguida le preguntó si
podía llamarla mamá.

Esa noche Ana no durmió pensando que la nena podría despertarse y no saber dónde estaba. Pero María no paró de roncar. Hoy, siete años después, Ana no imagina la vida sin su hija. "Llevamos una vida normal, con los ajustes que lleva cualquier relación con una adolescente de 13 años. De salud está muy estable y hasta ahora no hemos sufrido dificultades. Creo que si algún día hay un problema voy a hacer lo que deba; y confío en que lo vamos a superar porque ella es una chica muy fuerte."

Para muchos, la diferencia entre tener una casa y tener un hogar la dan estos pibes. Los papás coinciden en que no se pueden borrar las cargas que traen en sus mochilas, pero es posible un camino hacia adelante. Y no es poco.

María Celeste ya tiene 13. Y no le caben dudas: "Recuperé mi infancia a full". Rosa y Argentino Olveira Cóceres lagrimean al repasar los primeros momentos con María Celeste. El comedor de la casa, en Tigre, está lleno de trofeos que Celeste ganó en fitness dance.

Rosa y Argentino trabajan en tareas domésticas y en la construcción, y pisaban los 50 cuando decidieron adoptar. "Y en el juzgado nos tiraron a la lona. Nos dijeron: 'Por la edad que tienen y la espera, mínimo pasarán cinco años'." Pero pasaron sólo 15 días. Y en dos meses Celeste festejó los 9 en casa. "Ahora, voy a tener que comprar la escopeta", bromea Argentino. Su nena creció y mucho.

A pesar de que sigue en contacto con algunos de sus once hermanos, Celeste tiene largas charlas con mamá Rosa. "Quiero que saque todo el odio que tiene en el corazón pensando que la mamá los abandonó porque vivir con eso no es bueno", dice Rosa.

Julio Witschi, de 38, iba rumbo al trabajo cuando recibió el llamado que le cambió la vida. "Hay dos hermanitos, Juli y Blanca... tienen 7 y 8 años..." ¿Acaso él y su mujer, Beatriz, querrían adoptarlos? Sí, claro. Hubo un primer encuentro en el Parque Rivadavia, una merienda, un rompecabezas para armar. Y fue una tarde para siempre. Después de 17 años de casados, la
casa de Beatriz y Julio se convertía en hogar con los chicos.

Negociador nato, parece difícil decirle no a Juli. El nene, que cumplió 9, ya avisó que cuando le den el DNI que está en trámite, quiere cambiarse el nombre y llamarse como el tío Cristian, que le peina la cabeza con una cresta de gel. Además tiene una mamitisaguda con Beatriz, 39, empleada en una fábrica de chocolates. Y ella no se queda atrás: "Siempre le digo que lo conozco como si lo hubiera tenido tenido en mi panza". Blanca, con sus 10 años, apunta a papá Julio, acaso saboreando, a su manera, el idilio padre-hija. "Costó entrar en esa relación hermética que tenían. Blanca desde chiquita se había puesto el nene al hombro", señala Beatriz. Pero hoy, un año después, el vínculo es diferente. Juli y Blanca buscan su propio espacio en la casa y en el amor de la familia, aunque todavía no dicen ni papá ni mamá. "A veces me dicen vieja", sonríe Beatriz, deseosa de escuchar un mami, mamá, má.

Esas mismas palabras que suenan muy dulces en Eugenia, 14, y Ailén, 12. En unas vacaciones empezaron a decirles papi y mami a Guillermo Fontana y Gabriela Puebla, sus padres adoptivos. La historia fue peculiar porque Guillermo y Gabriela –de 37 y 35 años– se decidieron por la adopción de dos hermanas siendo muy jóvenes y pudiendo tener sus propios bebés. "En el juzgado no lo entendían mucho. Pero habíamos trabajado en hogares y sabíamos que había un montón de nenes con necesidad de ser adoptados", rebobina Gabriela. Cuando las conocieron, sus nenas tenían 10 y 9 años. Hay fotos de las primeras salidas, recuerdos de esas primeras miradas; de cuando empezaron a extrañarse. Las vacaciones. Los cumpleaños. Y ponerse a pensar en la fiesta de 15 de Eugenia el año que viene. El tiempo pasó rápido.

Un pato de peluche de Ailén y una foto de cuando Eugenia era bebé son lo único que conservan de su familia de origen. Aquí también hay largas conversaciones sobre aquella historia y este presente. Pero acaso haya llegado el tiempo de soñar. Eugenia quiere ser dibujante y Ailén, tener un restorán. No es inalcanzable. Lo que parecía inalcanzable ya lo tienen.

Claudia Selser y Alba Piotto
Foto Julio Juárez
11/03/2007
Clarin.com


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Enrique Campoamor a las 8:15 p. m. | Permalink |


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