lunes, 2 de julio de 2007
Adopción, otro tipo de maternidad





“Fíjate, Miss, que yo no soy un niño como los demás: soy especial”, le dijo un día Rodrigo, un niño de pelo castaño y ojos vivarachos de apenas cinco años a su maestra, mi madre. Ella le preguntó por qué era tan especial. “Porque a todos los demás niños sus papás no los pudieron escoger; se los llevó la cigüeña. En cambio a mi sí”, dijo Rodrigo con evidente orgullo, y continuó con su explicación: “Mis papás querían tener un bebé y no podían; entonces fueron a un lugar donde estaban muchas cunitas. Había muchos niños y niñas muy bonitos, algunos eran más grandes que yo y otros eran casi recién nacidos, pero cuando mis papás me vieron decidieron que querían que YO fuera su hijo. No escogieron a ninguno de los otros niños, me escogieron a mí”.

La maternidad o paternidad no se limita a lazos biológicos. Cuando un niño pierde a sus padres, o los padres dejan de cumplir con sus obligaciones, o son abandonados en la vía pública, la sociedad los protege por medio de instituciones de asistencia pública o privada, para buscarles mejores condiciones de vida por medio de la adopción.

De acuerdo con información que ofrece el DIF, la cultura de la adopción en México todavía está en pañales, en parte por los tabúes respecto al tema y también porque en la mayoría de los casos los padres adoptantes, prefieren a bebés y rechazan a los menores con discapacidad o mayores de seis años.

Julieta, madre de dos pequeños, también cree que la cultura de la adopción está en pañales pero por otras razones. Coincide en que existe muy poca información en México respecto al tema, pero lo que considera verdaderamente grave es la falta de comprensión de lo que significa “dar en adopción”.

Julieta cree que si hubiera más cultura de dar en adopción, el acto no se vería como un abandono sino como acto de amor. Me cuenta que muchos niños en las instituciones se encuentran sin la posibilidad de ser adoptados porque un pariente lejano que tiene la patria potestad, pero no puede tenerlos con él ni visitarlos, se niega a cederla.

A diferencia de un embarazo biológico que puede ser no planeado, para formar una familia adoptiva se requiere de mucha planeación y tiempo. Mientras que para los padres biológicos el embarazo inicia desde que se enteran que están embarazados, el embarazo de los padres adoptivos comienza desde el momento en que toman la decisión de adoptar.

Para algunos, como en el caso de Julieta y su marido, lo primero fue aceptar la infertilidad y el convencimiento de que ser padres y formar una familia era su plan de vida. Ahí comenzaron la búsqueda y el proceso de adopción.

El primer “embarazo” de Julieta duró más de dos años. Entró en contacto con varias instituciones y tuvo que llenar los requisitos. La historia que le contaron a Rodrigo es, de cierta forma, una novela, los padres no escogen a los niños en cunitas, únicamente definen ciertas condiciones tales como: sexo, edad y estado de salud. Después de una larga espera, Julieta un buen día recibió una llamada para avisarle que su hijo estaba ahí.

El flechazo fue instantáneo para los tres. Aún así, no pudo llevarlo a su casa inmediatamente. Pasaron tres meses de trámites legales, exámenes médicos y psicológicos. Entretanto su hijo estaba en custodia en la institución y lo visitaban todos los días. Y es que para la institución es importante estar segura de la solvencia moral y económica de los padres, ya que si existen dudas acerca de ellas o sus motivos, no dan al niño en adopción. A pesar de que los tres meses que su hijo estuvo en custodia le parecieron eternos, Julieta piensa que todos los trámites y exámenes son necesarios para la protección del niño. Se trata de su bienestar y felicidad.

Fue durante este proceso que Julieta cayó en cuenta de la falta de cultura para dar un hijo en adopción. Comúnmente se piensa que la madre da a su hijo en adopción por falta de amor. Julieta opina lo contrario. Ella cree que un embarazo puede estar “fuera de tiempo” porque no es el momento de ser madre para esa persona, por su edad, situación económica o circunstancias personales, no por falta de amor.

Julieta piensa que dar un hijo en adopción es una señal de respeto a la vida y de confianza en que su hijo va a estar mejor en otro lugar. Si Julieta pudiera decir algo a la madre biológica de sus hijos (y a cualquier madre que haya dado a su hijo en adopción) le diría que su respeto por la vida y sus esfuerzos en esos nueve meses, florecen en cada sonrisa de sus hijos, en cada abrazo, por el resto de sus vidas.

Fernanda de la Torre
Milenio.com (México)

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