martes, 6 de noviembre de 2007
El lado amargo de la adopción



Adoptar es un viaje de angustia, burocracia y tiempo. Los padres creen que el día que conozcan a su hijo, el amor será un flechazo, pero ahí empieza el auténtico viaje de adoptante a padre, un proceso de vinculación emocional que, a veces, no llega nunca.

En España, el 1,5% de las adopciones fracasa, lo que equivale a casi 500 niños “devueltos” de 1994 al 2005. Pero, ¿a quién? A sus países no, desde luego, se quedan en España. “Un niño no se puede “devolver” –explica Ana Berástegui, psicóloga del Instituto de la Familia de la Universidad de Comillas–, porque la adopción es irrevocable.

Ocurre lo mismo que con un hijo biológico: cuando la familia llega a los servicios de protección y dice que no quiere hacerse cargo del niño, los profesionales entienden que el menor está desprotegido y le acogen. En ese momento se ofrece apoyo, psicoterapia y mediación a la familia para que solucionen el problema”. ¿Puede considerarse esta medida como un abandono temporal? “Entre los casos que yo estudié, sólo hubo uno que ingresó en el sistema de protección y pudo recuperar después la relación con su familia. Los niños “devueltos” quedan bajo la tutela de los servicios sociales y pueden volver a ser adoptados, lo cual es muy difícil, porque son mayores y pesa sobre ellos el estigma de haber sido rechazados”.

Detrás de las adopciones truncadas hay mucha vergüenza pero, ¿qué puede ser tan grave como para desembocar en un segundo abandono? “La mayoría de las adopciones van bien –explica el catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla, Jesús Palacios–. Los rechazos suelen estar motivados por la frustración de las expectativas de los padres y por los problemas de conducta de los hijos. Cuando un niño es un poco taciturno y depresivo, sus dificultades no despiertan alarma, pero cuando se expresan hacia fuera, con hiperactividad, violencia o desajuste en las relaciones sociales, los padres se sienten desbordados.

Algunos niños llegan tan heridos que no responden al cariño, actúan comos si fueran un bloque de hielo y los padres no lo soportan”. Según Ana Berástegui, los padres que rechazan a sus hijos adoptados suelen echar la culpa de todo a las instituciones o al país de origen, porque no les han dado el tipo de niño que pedían o les han engañado. “Los progenitores sufren pero, para un niño que está herido emocionalmente, volver a ser abandonado es reabrir una herida que nunca se cerró”.

Las adopciones truncadas son la punta del iceberg de los fracasos. Los expertos creen que hay un porcentaje oculto de pseudo rupturas, donde legalmente todo funciona, pero los adoptantes han ingresado a los hijos en internados o instituciones, lejos de casa. También hay familias que viven bajo el mismo techo, pero no han conseguido forjar un auténtico vínculo emocional. En esos casos, los problemas estallan en la adolescencia y provocan en la edad adulta la separación definitiva.

La psicóloga Ana Giberti relata el caso de unos padres que llevaron a su hija de 16 años a la consulta porque no comprendían sus reacciones violentas. “La adolescente basaba su hostilidad en tres quejas: la crítica de sus padres a su país natal y a su madre biológica, que ella llamaba “mi mamá pobre”; el valor que le daban los padres al dinero; y los constantes reproches para que tuviera buenos modales con los que “disimular” sus rasgos aborígenes. Durante las entrevistas a la familia, quedaron a la vista los prejuicios que impregnaban las emociones de sus padres, que a pesar de cuidar la educación, la salud y el futuro de la niña, no habían llegado a vincularse a ella emocionalmente y transmitían un mensaje entre líneas: “No eres como nosotros”. La madre utilizaba la frase “si hubieras sido nuestra hija” antes de reprochar: “Si hubieras sido nuestra hija te habría gustado estudiar, no serías tan rebelde...”.

La edad influye

Las adopciones fallidas no siguen unas pautas, pero la mayoría de estudios coinciden en que cuanto mayor es el niño en la adopción, mayor es el riesgo de fracaso. “Pero tampoco podemos hacer una regla de tres, porque suelen ser adoptados por parejas de más edad”, dice Ana Berástegui. A veces los padres tratan de superar el síndrome del nido vacío tras la partida de los hijos mayores, una actitud de falsas expectativas que perjudica a los menores. “Las madres quieren repetir la experiencia que tuvieron en su juventud –explica Berástegui–, y cuando llegan sus nuevos hijos, la experiencia es diferente y se sienten frustradas por no poder recuperar la vida ideal que habían imaginado”.

Isabel Navarro

El Periódico de la Adopción
adoptantis@hotmail.com

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