martes, 6 de mayo de 2008
Dos familias vascas renunciaron el pasado año al cuidado de sus hijos adoptados


La inadaptación del menor obliga en un porcentaje «insignificante» a un nuevo realojo, explica un psicólogo «Padres y niños sufren mucho antes de adoptar una decisión así»

La adopción es una medida de protección de la infancia en la que el sujeto de derecho, el niño, «no puede ser devuelto, solamente se puede abandonar», asegura Javier Múgica, psicólogo terapeuta familiar. Vizcaya registró el pasado año dos casos de 'abandono', según datos del Servicio de Infancia, Juventud y Familia de la Diputación. «La cifra es muy baja, casi insignificante, pero las situaciones que viven tanto los padres como los propios niños antes de adoptar una decisión de este tipo, son de gran sufrimiento», confiesa Múgica.

La falta de una respuesta a las necesidades del adoptado, la presión exterior que ejerce la sociedad sobre la familia, el entorno o el mismo colegio pueden provocar un distanciamiento entre padres y niño que hace imposible continuar la relación.«Que la situación se trunque, sin embargo, no significa, en ningún momento, que el nexo de unión entre ambas partes finalice», destaca, por su parte, Alberto Rodríguez, responsable de Adoberri. Este servicio, creado en noviembre pasado por el Gobierno vasco, tiene como fin enseñar a los psicólogos y a los educadores sociales cómo tratar a los chavales adoptados, que necesitan una atención especial al llegar a la adolescencia.

Algunas familias adoptivas se están encontrando con este problema en Vizcaya. En unos casos, la inadaptación del menor les ha obligado a pedir ayuda a los servicios forales, a los ayuntamientos o a los centros escolares. En otras ocasiones, las instituciones han descubierto que los padres no han estado a la altura y han llegado, incluso, a asumir la tutela del niño, como en estos dos casos.

«Es cierto que la adopción tiene muchos riesgos y que los padres adoptivos se ven obligados a realizar un mayor esfuerzo para superar las dificultades», asegura un portavoz de la Asociación de Familias Ume Alaia, que agrupa a padres adoptantes que, de manera voluntaria y con más de catorce años de trabajo, dedican parte de su tiempo a asesorar y atender a las personas que se acercan a este mundo. «Cuando se plantea una situación de emergencia activamos todos nuestros resortes. Ofrecemos toda nuestra ayuda pero, a veces, la herida que se ha creado en la familia es tan fuerte que no se puede hacer nada», explica su responsable, Kike Eguskitza.

Datos ofrecidos por el Departamento de Vivienda y Asuntos Sociales constatan que cada año se formalizan más de 300 adopciones en el País Vasco -el 55% de las mismas se materializan en Vizcaya, donde residen ya más de 1.600 niños con sus nuevas familias-, y que ocho de cada diez son extranjeros. «La adopción internacional es un fenómeno en crecimiento en Euskadi, pero existen lagunas al abordar las necesidades que plantea el niño una vez que ya está en casa», explicaba el consejero Javier Madrazo durante la presentación de Adoberri. «Muchos de estos niños llegan heridos -advierte el psicólogo Javier Múgica-, con una 'mochila' llena de experiencias vitales muy dolorosas. El cambio al que se ven obligados es tan brutal que, a veces, no llenan las expectativas desmesuradas que se crean los padres».

Otro motivo que barajan los profesionales para explicar el deterioro de la relación, hasta el extremo de que se llegue al 'abandono', es la falta de información. «No saber cuál es la realidad de ese niño que ha vivido una mala experiencia de abandono en su país y cómo resolver los problemas que acarrea la vida cotidiana en un país rico como el nuestro», resume un portavoz de Ume Alaia.

Los chavales se hacen mayores, plantean su derecho a conocer su país de origen e, incluso, a su familia biológica. Es quizá la época más crítica de la relación. «Empiezan a tomar conciencia de lo que ha sido su pasado con todo lo que ello conlleva. Si a esto, difícil de entender de por sí a un niño, le añadimos sus años anteriores de desprotección, de institucionalización e, incluso de maltrato, estamos hablando de personas con un pasado muy comprometedor», alerta Múgica. En este sentido, y como medida preventiva, reivindica un mayor apoyo institucional «que permita hacer frente a la inadaptación que pueden presentar los menores». Cuando esto ocurre, el niño 'abandonado' es acogido por otra familia adoptiva, porque «hay personas disponibles y, cada vez más, dispuestas a acoger a niños con perfiles más complicados», asegura Javier Múgica.


Jon Mayora
ElCorreoDigital.com



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