lunes, 23 de febrero de 2009
Entrevista al Embajador español en Manila


Luis Arias Romero y el Ministro de Asuntos Exteriores filipino


La Embajada de España en Filipinas está situada en el piso 27 de un edificio del centro financiero y administrativo de Manila. Desde los ventanales de su oficina, Luis Arias Romero tiene «una preciosa vista de la ciudad y de su famosa bahía. Está situada a 15 minutos en automóvil del lugar donde vivo, que es una residencia adquirida por el Estado en 1973, amplia, cómoda y con un precioso jardín tropical».

Está casado desde hace 32 años «con una ovetense y tengo un hijo de 29, que, aunque nacido, también accidentalmente, en Washington, se considera asturiano. Mi mujer y yo podemos disponer de pocos fines de semana para nosotros, ya que muchos sábados y domingos tenemos compromisos que atender. Cuando no es así, nos gusta pasear por la parte antigua de Manila, visitar algún museo o escaparnos a jugar un partido de golf con alguien que no tenga absolutamente nada que ver con mi trabajo. También, en algunas ocasiones, pasamos el fin de semana en alguna isla remota, en casas de amigos».

El esquema laboral diario se ve, con frecuencia, «alterado por los viajes oficiales que, con relativa asiduidad, he de realizar al interior del país o fuera de él, como, por ejemplo, a los tres países ante los que esta Embajada está también acreditada (Micronesia, islas Marshall y República de Palaos), desplazamientos que pueden durar de dos días a una semana».

Como ha hecho en todos sus destinos, «siempre tengo cerca de mí objetos o cuadros que me recuerdan a Asturias. Se trata de mi pequeño cordón umbilical con ella. Entre ellos tengo especial apego a un cuadro de Úrculo en donde aparece, de espaldas, su famoso viajero, mirando a nuestra Catedral. También tengo siempre cerca de mí la última "paxarina de San Mateo" y como almohadilla del ratón de mi ordenador dispongo de una bonita reproducción de la playa de Portizuelo».

Todo lo que hace «me parece interesante. Representar a España es ciertamente un honor, pero para mí es, sobre todo, una pasión. Si al hacerlo contribuyo a mantener y mejorar la relación con un país tan unido a nosotros desde hace cuatro siglos, la pasión se convierte, además, en una devoción que compartimos todos los que trabajamos en esta casa».

Su relación con los filipinos rebasa, con mucho, lo profesional: «Tenemos miles de cosas en común y la relación de verdadera amistad se produce pronto. Quizá lo más fascinante de la cultura filipina es que constituye una singularidad occidental en Asia. Resulta realmente sorprendente en estas latitudes encontrarse la capilla de una iglesia de pueblo dedicada a la Virgen de Covadonga o que uno de los barrios más importantes de Manila se llame Llanera. Que una de las puertas del Palacio Presidencial se llame Arias's Gate o que Puerto Princesa, capital de la importante provincia e isla de Palawan, en pleno mar del Sur de la China, deba su nombre a una princesa de Asturias, y esto por circunscribirnos sólo a nuestra región».

No es necesario hacer un esfuerzo especial para adaptarse a las costumbres de Filipinas, «por esa afinidad cultural a la que antes me refería. Tampoco se necesita una especial adaptación a la comida, porque la cocina filipina tiene muchos componentes de la española. Por ejemplo, algunos platos típicos de aquí son, literalmente, el lechón, el adobo, puchero, flan de leche, cochinillo... En los bares las bebidas más populares son el brandy Fundador y la cerveza San Miguel. Con eso queda dicho todo». De Asturias echa de menos «las tertulias veraniegas en el bar de María Joaquina, en Barcia (Valdés); además, naturalmente, a mi madre, que vive en Oviedo, y a mis amigos y familia de allí. Imposible traer sidra a Manila, desgraciadamente me tengo que conformar con beberla en Asturias, los veranos. Si ya viaja mal a Pola de Gordón, es fácil imaginarse cómo llegaría aquí a más de 16 mil kilómetros de Nava o de Tiñana».

Reconoce que la vida «me ha dado mucho y, en consecuencia, me resulta difícil identificar sueños pendientes. Si acaso, disponer de un año sabático para realizar un crucero en un pequeño barco de vela, con un par de buenos amigos. Tengo también pendiente el viajar a bordo del "Juan Sebastián Elcano", al que ya fui invitado en dos ocasiones, que no pude aceptar, como siempre, por falta de tiempo». Procura que la gente que le rodea se sienta a gusto «y, desde luego, sentirme a gusto conmigo mismo al acostarme y delante del espejo al levantarme, cuando me afeito».

Tino Pertierra
LaNuevaEspaña.es



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